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Suciedad

Se quedó inmóvil durante unos segundos con el cepillo de dientes suspendido en el aire y el ceño contraído y confuso. Su boca había desaparecido del reflejo en el espejo. Asustada frotó con su mano en el vacío, un solo movimiento, temblorosamente enérgico. De un zarpazo borró parte de su sien, pómulo y cuello. Una línea transparente que le mostraba los azulejos a su espalda. Desaparecer. Sí. Decidió cepillarse entera, lavar sus ojeras sin nombre ni dueño, sus hombros abandonados y lacios, su cansada y ensombrecida barbilla. Zis-zas, fuera. Zis-zas, nada. No lo veía, no se veía, pero la mujer invisible sonreía. Abrió el cajón del tocador, sacó su estuche de maquillaje, eligió colores, acercó el pincel al cristal, y empezó a dibujarse.
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