Gordas,
los tacones mandarin-os prohibidos, dañinos para el bolsillo -échame unas tapas, ponme una tapa-. Si tienes niños, no los dejes a su cuidado, te los llevará a la guarde sin que hayan desayunado. Huérfana teta de leche. Se rasgan las medias de rejilla,
hoy no era día de faldas, ni jueves, ni domingo de bragas. Controla a la perfección el goteo del suero del que se nutren los pellejos de los brazos de un viejo, postrado. Moribundos sin fe,
se pudren los periódicos, inoloros junto a la taza del water que la echa de menos. Se sienta, se levanta -tengo prisa, toda la prisa- no le deja saborear el tacto de sus nalgas. -¿Ya te marchas?-
tira de la cadena, guarra. Veinte días, suman la cuarentena. Incomunicada. Recibirá las campanadas pateando su espalda enclaustrada en el despacho que devora a gritos todos los hijos del tiempo. Mira cómo babea Cronos, voraz, insatisfecho eructo. Tomó los votos,
pobreza, obediencia, castidad y clausura. Tarde. Celibato en los párpados atravesados con un palillo de acero y sal con sendas roscas en su cara interna. Topados.
Su cruz. Tu cruz. Mi cruz.
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